Cómo conocí a mi sobrina y no morí en el intento

Por varios motivos, que no comentaré, llevaba una especie de mala racha sumada al cansancio de la semana (menos horas de trabajo que, créanme, cansa físicamente trabajar menos; más los cursos y talleres para profesores de inglés). Si a esto le sumo que solo dormí una hora para ir a coger el avión de Gran Canaria a Madrid, imagínense.
LPA-MAD 14/7/2012
Pasé el control de seguridad sin problemas, algo desesperado porque tenían que pasar dos filas por un mismo control y tenía el móvil apagado para saber qué hora era, y mosqueado porque con algunas personas se hacía la vista gorda cuando saltaba la luz roja: no entendí el concepto de seguridad de mi aeropuerto.

Me senté y calculé mentalmente, porque quería conservar la batería del móvil para cuando aterrizara en Madrid, que la hora de embarque se estaba retrasando (al final solo se retrasó unos diez o veinte minutos). Vi cómo una mujer, deduzco que africana, tuvo que quitarse de su espalda a una niña envuelta en una especie de paño para pasar el control con éxito, como todo el mundo. Vi cómo la niña se subió de nuevo a su espalda (sin ayuda de nadie) abrazándose a la madre, mientras que la última recolocaba el paño de manera que la niña no se pudiera caer, haciendo dos nudos por delante del cuerpo, abrigando a la niña de paso. ¿El trabajo de ese control implica siempre ser serio, frío y distante?


Hacia Madrid
Una vez en el avión, me senté en la ventanilla del pasillo 22 (mi número favorito) que había elegido por internet. De repente, veo un periódico caer al asiento del centro. Eran dos mujeres decidiendo cuál sería su pasillo. Recoge una el periódico pensando que no era a mi lado y lo vuelve a tirar porque sí que era ahí. Tampoco entendí el concepto de tirar un diario al asiento en el que te vas a sentar, sobre todo si luego lo vas a leer y nadie te va a quitar el sitio, como es el caso. Ni una palabra nos cruzamos hasta que un "perdón" salió de la boca de la que estaba a mi lado y un "no pasa nada" entre dientes de la mía: la disculpa no era por tenerme más de dos horas oliendo sus pies, sino porque su maleta se había apoyado en mi gemelo cuando ella se colocaba las chanclas.


En Madrid me indigné un poco con las nuevas tarifas del Metro: pagué más del doble que la última vez (de 2€ a 4.50€ esta vez), y según la italiana de información me habría costado 40 céntimos más porque tenía que haber indicado la estación en la que iba a salir y no en la que iba a hacer el intercambio de tren. De todas formas me libré porque no hacían inspección a la salida (ya me lo avisó la chica de que pasaría eso). Y ahora repito lo que me pregunté en Twitter: "¿Qué es más barato: un taxi o Metro Madrid?".

Además de ahorrarme 40 céntimos por mi ignorancia en Metro Madrid, me ahorré 1,50€ en una de las máquinas expendedoras del intercambiador de guaguas, más conocidas como autobuses, de Príncipe Pío. Metí una moneda de 2€ para sacar una tableta de Kit Kat a 1.50€ y me asusté porque no llegó a caer el preciado chocolate. Pero pulsé el botón y me devolvió los mismos dos euros que metí en monedas más pequeñas; fue como si la máquina tuviera un detector para saber si el cliente recibió o no el producto y así ahorrarse quejas (genial). Así que deduciendo que el mismo sistema volvería a funcionar, metí el euro cincuenta y volví a pedir el mismo producto...; ¡¡y cayeron dos!! Como digo en Twitter: "#EpicWin". ¿Se acabará ahí mi mala racha?

Me empecé a tomar el refresco y los dos Kit Kat rápidamente en lo que la gente hacía la cola (la guagua estaba cerrada y faltaban unos 15 minutos para su salida). Cuando acabé con las dos chocolatinas ya no quedaba nadie en la cola así que acabé el refresco rápido para tirarlo (era de lata, por eso no pude guardármelo) y pasé de ir al baño (no tenía grandes ganas en ese momento) para que no se me escapara la guagua y no tener que esperar una o dos horas por la siguiente. Las verdaderas ganas de ir al baño me llegaron a la media hora del trayecto; trayecto que hubiera durado hora y cuarto si no hubiéramos encontrado tráfico atascado al salir de Madrid. Así que imagínense: pensé en pasar la vergüenza de ir hasta el chófer para que me dejara hacer mi gran necesidad tras algún pino, hasta pensé en que abriera simplemente la puerta y hacerlo ahí mismo, hacia la calle. Eran tantas las ganas... Finalmente llegué a las dos horas (aguanté hora y media, apretando los puños, los dedos de los pies y evitando pensar en cosas acuáticas —pensar en deporte e imaginarme el sudor no ayudó mentalmente—), conseguí darle un beso rápido a mi cuñado, mirar a mi sobrina durmiendo, besar a mi hermana (había pensado en decirle que me dejara ir al baño y que luego la saludaría pero al final fui educadísimo) y correr hacia el baño como si no hubiera mañana. Sobreviví. Mi vejiga parece que no se queja un día después. Me sentí como un niño que no podía aguantar más.

Mano de un mes y medio junto a una mano de casi 26 años.
Luego fuimos a comer, vi a mi sobrina despertar, cómo se quedó mirándome tras despertarse (aunque se supone que con un mes y medio no ve gran cosa)..., y todo lo demás espero grabarlo en vídeo, para que se vea cuando sea mayor. Y para que vea cómo lloraba y lo imposible que parecía de calmar. Paciencia. Menos mal que a veces duerme, sonríe y se queda tranquila con el movimiento del carrito. O como ahora mismo, echándose la siesta en el sofá con la madre.
En el Acueducto de Segovia con mi sobrina

Anoche dormí unas 11 horas. No me enteré de su terremoto fisiológico a medianoche ni de su despertar a las 6 de la mañana. No sé si tendré la misma suerte hoy que dormiremos juntos. Crucen los dedos conmigo.
Mi sobrina con un mes y medio